Miriam Chieraentre memoria color y pertenencia explora cómo la naturaleza literatura y experiencia migratoria convergen en una pintura figurativa donde emoción simbolismo y cuerpo dialogan Su obra transforma recuerdos deseo e identidad en imágenes profundamente sensibles humanas cargadas de memoria
La trayectoria artística de Miriam se construye desde una idea de la memoria que está lejos de ser estática. Para ella, recordar significa habitar un territorio vivo donde experiencia, emoción e imaginación dialogan constantemente. Su infancia en el campo de sus abuelos fue decisiva. Allí, la naturaleza se convirtió en una primera escuela sensorial. El sol intenso, los colores vibrantes, los animales y las texturas del paisaje moldearon una relación intuitiva con la libertad. Así, aquel entorno dejó una huella profunda en su manera de percibir el mundo.
Sin embargo, el regreso a la ciudad abrió otro espacio de descubrimiento. La biblioteca pública se transformó en un refugio silencioso. Entre sus lecturas, encontró nuevas formas de comprender la realidad. Más tarde, los universos de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar e Isabel Allende ampliaron esa mirada. De este modo, comprendió que lo cotidiano puede contener dimensiones invisibles y profundamente simbólicas.


MIRIAM CHIERA
Desde niña fue observadora y reservada. Por ello, el dibujo se convirtió en un refugio íntimo. Un episodio marcó especialmente esa etapa: no pudo acceder a unas clases de dibujo porque la plaza fue asignada a su hermano mayor. Aunque entonces fue una frustración, con el tiempo adquirió otro significado. De hecho, esa experiencia le enseñó que aquello que realmente pertenece a una persona siempre encuentra el camino de regreso.
A lo largo de los años, su evolución artística estuvo acompañada por mudanzas, pérdidas y procesos de reconstrucción. Durante algunos periodos, la geometría ofreció estabilidad. Además, las influencias del cubismo y la Bauhaus aportaron estructura y claridad. Más adelante, su obra figurativa incorporó una sensibilidad cercana al realismo mágico. En consecuencia, la figura humana comenzó a funcionar como símbolo, ritual y memoria encarnada.
La mudanza a Verona supuso un punto de inflexión. Allí retomó sus estudios en la Academia de Bellas Artes y fortaleció una práctica basada tanto en la intuición como en la disciplina. Actualmente, su trabajo explora cuestiones vinculadas a la identidad, la migración y la pertenencia. Mientras tanto, el color ocupa un lugar central. No aparece como un elemento decorativo, sino como un lenguaje propio. Finalmente, su pintura reivindica la emoción, la materialidad y la experiencia humana en un contexto saturado de imágenes digitales.





