María Porto habla de arte como quien habla de algo cotidiano, pero esencial. No desde la solemnidad ni desde el discurso técnico, sino desde una convicción clara: el arte no debería intimidar. Esa idea atraviesa su trayectoria como galerista y su manera de entender el ecosistema cultural, en un momento en el que el mercado del arte español sigue debatiéndose entre la excelencia creativa y una cierta falta de confianza en sí mismo.
Porto pertenece a una generación de profesionales que han entendido que la galería ya no puede ser solo un espacio de exhibición, sino un lugar de mediación. Su trabajo no se limita a representar artistas o vender obra; consiste en generar contexto, conversación y cercanía. En un país donde el arte contemporáneo todavía arrastra complejos, su apuesta pasa por normalizar la relación entre obra y público, desactivar el miedo a “no entender” y reivindicar el placer de mirar sin necesidad de manuales.
Uno de los puntos centrales de su discurso es precisamente esa idea de timidez estructural del arte español. No por falta de talento, sino por una tendencia a compararse constantemente con otros mercados más consolidados. Porto defiende que el problema no es creativo, sino narrativo: cuesta creerse el valor propio y proyectarlo con decisión hacia fuera. Frente a eso, propone una actitud más valiente, más directa y menos dependiente de validaciones externas.

Esa visión se refleja también en su interés por ampliar la manera en que se habla de arte. Su libro Regalar arte no es solo una publicación, sino una declaración de intenciones. Porto plantea el acto de regalar una obra como un gesto cultural, emocional y político: introducir el arte en la vida cotidiana, sacarlo del pedestal y devolverlo a los espacios donde se construyen relaciones. El arte no como objeto inaccesible, sino como experiencia compartida.
En su forma de trabajar hay una insistencia constante en lo humano. La relación con los artistas se basa en el acompañamiento y la escucha, no en la explotación de una tendencia pasajera. Porto defiende las trayectorias a largo plazo, la coherencia y el tiempo como aliados, en un sistema que muchas veces empuja hacia la rapidez y la sobreexposición. Para ella, una carrera artística no se construye con prisas, sino con continuidad y confianza.

También hay en su discurso una crítica implícita al elitismo mal entendido que aún rodea a ciertos circuitos. No se trata de simplificar el arte ni de rebajar su complejidad, sino de cambiar la forma en que se presenta. El conocimiento no debería excluir, sino invitar. En ese sentido, Porto actúa como traductora entre mundos: el del creador, el del coleccionista y el del espectador que se acerca por primera vez.
La entrevista deja ver a una profesional que entiende el arte como una herramienta de pensamiento y de vínculo social, no solo como mercancía. En un contexto de mercado cada vez más polarizado —entre grandes cifras y precariedad— su propuesta se sitúa en un punto intermedio: sostenibilidad, criterio y convicción cultural.
María Porto no ofrece recetas ni discursos grandilocuentes. Lo que propone es algo más complejo y más necesario: confianza en el trabajo bien hecho, en la conversación honesta y en la capacidad del arte para ocupar un lugar real en la vida de las personas. En tiempos de ruido y urgencia, su mirada introduce una pausa lúcida. Y esa pausa, hoy, también es una forma de resistencia cultural.

