Taiba Akhuetie convierte el cabello en arte al desplazar trenzas, extensiones y mechones hacia objetos cotidianos, donde belleza, identidad negra y extrañeza táctil se cruzan en piezas que incomodan, seducen y preguntan quién decide qué materiales merecen museo hoy también.



Taiba Akhuetie trabaja el cabello como una materia cargada de intimidad, memoria y fricción cultural. Sus piezas sacan trenzas, mechones humanos y extensiones sintéticas fuera de la cabeza. Después, los trasladan a bolsos, espejos, mecedoras, paraguas, lámparas o mesas.
El resultado no busca ser cómodo. Al contrario, convierte objetos familiares en presencias extrañas, casi vivas. A veces parecen cuerpos. Otras veces, restos. Sin embargo, esa incomodidad abre una pregunta precisa: qué materiales pueden entrar en el arte y cuáles siguen siendo leídos como artesanía, cuidado o gesto doméstico.



Su lenguaje nace de una relación temprana con el trenzado. También surge de una experiencia marcada por la inseguridad. Crecer como mujer negra en un entorno blanco y acomodado hizo que el cabello fuera, primero, un lugar de comparación. Más tarde, en cambio, se volvió técnica, belleza y forma de reparación.
En 2014 fundó Keash Braids junto a Jessy Linton. Primero funcionó como servicio pop-up. Después se convirtió en salón en Peckham. Durante el confinamiento, sin contacto físico, Akhuetie empezó a trabajar con restos de cabello sobre un taburete. Así descubrió que el trenzado podía existir fuera del cuerpo.
Desde entonces, su obra se mueve entre escultura, moda y performance. Aun así, ella no se define como diseñadora. Un paraguas cubierto de cabello rubio sucio se volvió viral. Luego llegaron encargos para Rihanna, Tems y Cate Blanchett. No obstante, la celebridad aparece como consecuencia, no como centro.
Su exposición The Tone, en la Sarabande Foundation de Londres, profundiza esa tensión. Una pieza cilíndrica reúne colores y texturas como mapa de tonos, pieles y lecturas racializadas. Además, una mesa con cuentas de resina dialoga con la frase “no toques mi cabello”. Akhuetie propone confusión, pero también reconocimiento: el cuidado negro puede ocupar plenamente el espacio del arte.

