Wayne Rooney recita Shakespeare para Nike mientras una campaña junto a Palace convierte el imaginario inglés en un collage mezclando fútbol, memoria y símbolos desde una sensibilidad teatral y contemporánea que evita la nostalgia para pensar pertenencia, comunidad y deseo.
La nueva campaña de Nike junto a Palace y la selección inglesa cambia el tono del marketing deportivo. En vez de repetir la épica mundialista, abre una escena más cultural, ambigua y teatral. Así, el fútbol aparece como un territorio de memoria, deseo y pertenencia compartida.
Wayne Rooney ocupa el centro de la pieza. Lee fragmentos de Richard II de Shakespeare mientras viste una mezcla entre uniforme deportivo y vestuario isabelino. La imagen resulta excesiva, pero también precisa. Funciona como puente entre historia nacional y cultura popular.
A partir de ahí, el cortometraje avanza mediante escenas breves. Aparecen bodas familiares, barrios urbanos y aficionados cubiertos con la cruz de San Jorge. Además, surgen referencias mitológicas que convierten el fútbol en un relato colectivo. Jill Scott también entra en esa narrativa. Su presencia amplía el imaginario del fútbol inglés y desplaza sus códigos más tradicionales.
Sin embargo, la campaña no presenta Inglaterra como una identidad cerrada. Al contrario, la muestra como una construcción viva. Está atravesada por generaciones, acentos, símbolos y comunidades distintas. Por eso, la pieza evita la nostalgia directa. Prefiere trabajar con sus restos, sus gestos y sus contradicciones.
Por otro lado, Palace introduce una sensibilidad ligada al skate, la calle y la ironía británica. Nike, mientras tanto, recupera cierta emoción monumental de sus campañas futbolísticas históricas. En consecuencia, ambos lenguajes conviven sin anularse.
El resultado no desmonta el patriotismo. Más bien, lo desplaza hacia una idea híbrida de pertenencia cultural. Aquí, el fútbol deja de ser solo espectáculo global. También se convierte en ritual social, archivo emocional y escenario común.

