De niño, Fran Toré se colaba en edificios abandonados para pintar y montar instalaciones. Hoy dirige Mettod, su estudio de arquitectura, y comparte con su socio ACOR, una marca de moda con mucho que decir. Se mueve entre Madrid y Málaga y entiende la casa, la ropa y la ciudad como formas de contar historias. Hablamos con él de raíces, de vanguardia, de burocracia y de por qué diseñar una prenda se parece (y no) a levantar un edificio.
Para quien no te conozca: ¿quién es Fran Toré? ¿Arquitecto, director artístico o las dos cosas?
Fran Toré se presentaría como arquitecto. La dirección artística es una forma más de crear espacios y de explorar la relación entre el humano y los objetos.
De pequeño te colabas en obras y edificios a medio construir para jugar y dibujar. ¿Ahí empezó todo?
Todo nace de la necesidad de crear las realidades que imagino, para descubrir alternativas y expandir la realidad que vivimos. De niño y de adolescente me gustaba entrar en edificios abandonados. Sentía que tenía la libertad de habitarlos de otra forma, como si fueran una realidad paralela.
Allí hacía pinturas e instalaciones artísticas. A veces invitaba a alguien, pero no me gustaba revelar el secreto. Con la crisis de 2008, las ciudades se llenaron de espacios abandonados. Cerca de mi casa había un convento, un hotel y un edificio de apartamentos a medio construir.
Te formaste entre Madrid y Barcelona y ahora vives entre Madrid y Málaga. ¿Qué te dio cada ciudad?
Formarme fuera de mi ciudad natal me permitió construir relatos y enfoques muy alternativos. Cada ciudad lo hizo de una forma distinta, pero las dos fueron trascendentales. Madrid me dio el entorno cultural que necesitaba. Es la ciudad que me ha hecho crítico y me ha abierto a muchísimos intereses gracias a su oferta sociocultural. En Barcelona, el diseño, la arquitectura y el urbanismo tienen una relevancia máxima, y eso la convierte en una referencia. Las dos son destinos para gente sensible a los retos y a la ambición.
Eres joven en una profesión que suele tardar en despegar. ¿Cómo ha sido abrirte camino?
Tuve la suerte de recibir mi primer encargo muy pronto. En un evento, una amiga me contó que sus padres querían hacerse una casa, y le propuse hacérsela. Ella sabía que en la carrera me iba bien y siempre se interesaba por mis proyectos. Aceptaron, y para mí fue la mejor sensación del mundo: poder demostrar que podían confiar en mí. Esa casa es hoy mi primera obra, Casa Anunziatta, en El Cañuelo, y estoy orgulloso de ella. Lo demás vino con mucho esfuerzo, pero de forma orgánica.
Málaga está cambiando muchísimo. Como arquitecto malagueño, ¿cómo vives esa transformación?
Me da mucha pena lo que está pasando con las ciudades. Los centros europeos se están convirtiendo en espacios para el turista. En mi opinión, habría que regularlo mucho más: la vivienda turística y, sobre todo, los negocios y su forma de ofrecerse. No podemos convertir nuestras ciudades en parques temáticos; es ridículo. Aun así, creo que Málaga seguirá creciendo. Hacen falta buenos arquitectos y arquitectas, urbanistas y políticos que lleven ese crecimiento hacia el lado correcto.
Mettod: cuando el error se convierte en método

¿Cómo nace Mettod y por qué ese nombre?
Mettod nace durante otro proyecto con Irene Molina que finalmente se descartó. Lo rescatamos porque encajaba perfectamente como idea para mi estudio. El nombre funciona como un «bug» de la palabra «method». Ese error sobre la metodología dice que el método es la base de cualquier deriva creativa. Es una especie de recorrido desde la causalidad hasta la casualidad.
Trabajas entre arquitectura, arte contemporáneo, diseño, moda e investigación cultural. ¿Cómo se le explica eso a un cliente que solo quiere una casa?
Una casa es todo, pero eso solo lo entiende alguien sensible a la arquitectura. Los espacios son donde vivimos las experiencias más valiosas de la vida. Ahí se construye la identidad de alguien, se sufre, se crece y se ordenan nuestras cosas. Por eso hay que valorar la transversalidad de quien diseña nuestro hogar y nuestra forma de vivirlo. Se trata de integrar significado, e incluso de desintegrarlo.
¿Cómo es un día normal en el estudio? ¿Cuánto es obra, cuánto dibujo y cuánto investigación?
La línea que separa esas tres cosas es justo la que difuminamos para movernos en ella. Obra, dibujo e investigación confluyen en muchos proyectos, pero nunca de la misma forma. Encontramos inspiración en la escritura, la instalación artística, la performance, la pintura, la historia o las tradiciones. Es un trabajo muy abstracto. Cuando damos con lo que buscamos y los conceptos conectan, paramos todo. Dejamos reposar la idea unos días para que madure y confirmar que es la buena.
¿Qué te gustaría que fuese Mettod dentro de unos años?
Me gustaría diseñar los espacios más representativos de la humanidad. Museos, hospitales, universidades, vivienda social, estadios, sets de cine, pasarelas de moda y espacio público por todo el mundo. Eso se puede conseguir desde la escala más pequeña hasta la más ambiciosa. Ya lo vivimos con Kiosquito, una obra mínima que ha tenido muchísimo reconocimiento a nivel nacional.
¿Qué proyecto te toca más el corazón?
Uno que todavía está por construir: La Casa del Conde. Es un edificio proyectado en la casa donde vivía mi abuela. Está en la misma calle donde vivíamos mis padres, mi hermana y yo, dos números más arriba. Es el barrio de La Victoria, junto al Santuario donde mis padres se casaron y me bautizaron. Mi familia ha trabajado ahí toda la vida, y yo vivo ahí. He hecho proyectos para Islandia, Rusia o Italia, pero nada se compara con proyectar donde están tus raíces. Tengo muchas ganas de contarlo.
¿Alguno te ha costado más de lo esperado?
Precisamente ese. Y no por lo sentimental ni por la complejidad arquitectónica. El problema ha sido adaptarse al criterio obsoleto de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía. Tiene bloqueados los expedientes de cualquier intervención en entornos de bienes de interés cultural. Falta transparencia y falta muchísimo personal para tanto trabajo. Pero, sobre todo, su interpretación arbitraria de la arquitectura de vanguardia les impide acoger arquitectura de calidad. Solo aceptan lo que encaja con lo que ellos consideran correcto, sin otro filtro, como podría ser el Colegio Oficial de Arquitectos de Málaga.
Dices que lo que más disfrutas es terminar los proyectos. ¿Qué se siente al entregar las llaves?
Es un proceso muy gradual. Pero muy poca gente puede vivir un espacio diseñado por sí misma. Por eso, lo que siento es privilegio.
De los planos a las prendas: así nace ACOR

Hablemos de ACOR. ¿Qué es y cómo nace?
ACOR es diseño de moda. Construimos prendas desde un concepto, y cada colección encierra un mensaje. Si no, no sacaríamos nada: hay demasiado ruido como para no reflexionar a fondo sobre lo que contamos. Queremos que tejidos, corte, fornituras y estilismo cierren, juntos, una obra con interés.
¿Cómo os conocisteis tu socio y tú? ¿Cómo os repartís el trabajo?
Nos conocimos en el colegio. Años después volvimos a cruzarnos y descubrimos que teníamos la misma necesidad de montar un proyecto de moda. Confiábamos en que, juntos, lo haríamos con criterios contrastados y tareas repartidas.
¿Por qué la moda, si ya tienes un estudio de arquitectura?
No creo que termine aquí. Pero ahora mismo son las dos formas de proyectar que más sentido tienen para mí. Las dos me permiten contar historias de forma completa. Y es muy interesante lo que aprendo de una y traslado a la otra.
¿Diseñar una prenda se parece a diseñar un espacio?
No es lo mismo, pero tienen mucho en común. La arquitectura no se mueve y dura cien años más en uso que la ropa. Pero en las dos compones con materiales, diseñas sus uniones y piensas cómo van a usarse y percibirse.
¿Quién imaginas vistiendo ACOR?
Lo ideal sería todo el mundo, desde un bebé hasta una persona mayor. Pero por algo hay que empezar. Ahora mismo es gente con la misma aspiración y sensibilidad que nosotros. Hay muchos temas de los que hablar a través de la moda, y mucha gente quiere usar la ropa para hacerlo.
Para terminar: si ACOR fuera un edificio, ¿cuál sería?
El Pabellón de Reino Unido de Heatherwick para la Expo de Shanghái 2010.

