Hay películas que hablan de moda y películas que, directamente, están hechas de moda. El vestuario de Mother Mary pertenece claramente al segundo grupo. David Lowery firma este thriller psicológico con tintes de terror y musical. Reúne a Anne Hathaway y Michaela Coel en una historia que empieza como el encargo de un vestido. Y termina siendo mucho más: una radiografía sobre la fama, la dependencia creativa y todo lo que sacrificamos por sostener una imagen.
La premisa es sencilla sobre el papel. Mother Mary, una estrella del pop en la cúspide de su carrera, se presenta sin avisar en el taller de Sam Anselm. Es su antigua diseñadora y mejor amiga, de la que se había distanciado. Necesita un vestido para su regreso a los escenarios. Lo que empieza como una prueba de vestuario se convierte en una noche larguísima. Salen a flote recuerdos, rencores y todo lo que nunca llegaron a cerrar. Producida por A24, llega a España el 31 de julio. La película no esconde sus intenciones: según su propia ficha, se mueve dentro del género «costume drama», donde la ropa no decora, construye.
Un vestido como punto de partida (y de llegada)
Lo curioso de «Mother Mary» es que el proceso creativo real imitó al de la ficción. La diseñadora de vestuario Bina Daigeler empezó por donde la película termina: el vestido final. Junto a Lowery, viajó al estudio de Iris van Herpen en Ámsterdam para desarrollar esa pieza a medida. Entre los tres pasaron horas revisando bocetos hasta dar con uno. El resultado es un vestido rojo esculpido. Parece menos un look de photocall y más un organismo vivo, algo que respira. Daigeler lo describe como una pieza «grounded pero simétrica». Transmite paz y libertad sin distraer, como si estuviera reposando en sí misma.
Como contraste, está el vestuario que Mary rechaza justo antes de huir al taller de Sam. Es un diseño inspirado en paisajes naturales, hojas y tonos «de océano de sirena». Lo remata un tocado tipo halo cubierto de flores plumosas en verde azulado. Ese rechazo, ese «esto no soy yo», es el motor que arranca toda la historia.
Beyoncé, Gaga, Madonna y Taylor Swift, todas a la vez
Aquí está lo más interesante para cualquiera que se dedique a esto. El vestuario de Mother Mary no rinde homenaje a nadie: está construido con el vocabulario visual de las grandes iconas del pop de los últimos treinta años. Hay maximalismo de Lady Gaga e imaginería casi religiosa de Madonna. También precisión pop de Taylor Swift y dominio físico de Beyoncé. Todo mezclado hasta formar un personaje que no es ninguna de ellas y es, a la vez, un poco todas.
El momento más comentado es un look con halo dorado. Está claramente inspirado en el diseño de Peter Dundas que Beyoncé llevó en los Grammy de 2017. Una mujer con halo es una mujer que se presenta como sagrada, como icónica. Como algo que ya no es del todo humano. Y ahí está la pregunta que la película hace en silencio: ¿qué se sacrifica para sostener esa imagen?
La ropa como psicología, no como decoración
Lo que más se agradece de «Mother Mary» es su contención. El equipo de diseño de producción no cayó en la tentación de que cada look gritara por atención. Al contrario: se apostó por una estética contenida. Las paletas de color y las elecciones de tela subrayan el estado interior del personaje, no buscan lucirse. La ropa, aquí, es psicología hecha visible.
Y ese es, probablemente, el gran acierto de la película. La relación entre Mary y Sam no es solo una amistad rota: es la relación entre una mujer y la persona que la conoció antes de que la «construyeran». Sam levantó esos looks. Sam entiende la arquitectura detrás del icono. Y por eso, cuando todo se rompe, lo primero que se resquebraja es, precisamente, el vestuario de Mother Mary.



